En el lenguaje poético, a
diferencia de lo que sucede en el narrativo, forma y sentido se confunden hasta
transformarse en una misma cosa. En ese aspecto, la poesía guarda similitudes
con la música. ¿Cómo contar una melodía y las sensaciones que provoca? Y del
mismo modo, ¿cómo explicar un poema, o el destello luminoso que genera su
lectura, sin rebajarlo al lenguaje común y corriente? Las piezas de Bajo una
extraña nevada, este poemario de Mauro Quesada, hacen que tenga que vérmelas,
felizmente, con esa dificultad: cualquier análisis que intente sobre ellos no
estará a la altura de lo que despiertan. Breves, concisos y sin títulos, estos
treinta poemas, elaborados con palabras y tonos simples, rondan con profundidad
la nostalgia, los límites siempre difusos entre el cariño, el odio y el amor,
y, sobre todo, los rumores de lo que ya fue o no alcanzó a ser del todo. Cuando
llega la madrugada y parece que nada pasó, o cuando todo lo que pasó durante la
noche ya resulta lejano, o cuando da la impresión de que el principio de algo
es en realidad el comienzo de un fin, o cuando dos jóvenes amantes se despiden
junto a una parada de colectivos del barrio de Flores como si estuvieran en
París; en esos momentos -por mencionar sólo algunos- nacen estos poemas que
luego caen sobre el lector trayendo ecos y resonancias de nostalgia y
felicidad, que caen como copos blancos desde el rumor del pasado o las
incertidumbres del futuro, como una extraña nevada.
lunes, 3 de junio de 2013
lunes, 6 de mayo de 2013
Los bostezos
Los bostezos
descubren al ángel
descubren al ángel
que me espía y se ríe
y a tantas cosas de las que
dudo
por ejemplo las flores
mis manos o el río
en la fiesta que dura
apenas un sueño
lunes, 4 de febrero de 2013
La primera vez que fui a bailar
la primera vez que fui a
bailar
a los catorce años
me enamoré perdidamente
de una chica de anteojos
de marcos gruesos
y de vestido
ingenuo y adorable
por supuesto que no
le fui a hablar
pero más de una vez
se apareció en mis sueños
como una suerte de
wendy para
un peter pan que al fin
había crecido
martes, 27 de noviembre de 2012
El canto de un grillo
el canto de un grillo
corrompe para siempre
esta frágil certidumbre
y ya no hay lluvias ni ritos
que puedan penetrar
en la suave espesura
de estos deseos que queman
lunes, 15 de octubre de 2012
todos mis viajes
todos mis viajes
algún día se convertirán
en otro espejo
donde los rostros
que nunca me miraron
desembocarán en una tímida victoria
junto a esas tardes
repletas de sol
que siempre serán un misterio
domingo, 23 de septiembre de 2012
Se asoma el viento
Se asoma el viento
entre los árboles
y una palabra nos separa
en el colmo de esta mañana
el silencio se refleja
en el desayuno frío
y entre las gotas olvidadas
de aquel verano
martes, 11 de septiembre de 2012
Spinetta y lo inasible en Don Lucero
Spinetta y lo inasible en Don Lucero
Se escribió (y se habló)
muchísimo y se lo va a seguir haciendo sobre la obra descomunal, intensa,
genial, e irrepetible de Luis Alberto Spinetta. Pero por suerte, al ser tan
vasta, siempre hay algún intersticio por donde podemos observarla casi como por
una cerradura. El disco Don Lucero, el del dibujo de esa especie de Sol
humanizado, diseñado en una computadora “Amiga”, es de 1989 y no es de lo más
festejados ni de los más célebres, pero que guarda en sí una belleza
extraordinaria. Pero en este disco, que es un tanto desparejo, se destacan tres
canciones (de las que solo voy a referirme a las letras, que pueden ser leídas
tranquilamente como poesías, y al fin al cabo también son eso) por sobre las
demás: Fina ropa blanca (el más conocido, un clásico a esta altura), Un sitio
es un sitio y Un gran doblez. Con ellas se puede trazar un recorrido donde
abundan las imágenes que giran en torno a una ausencia, a una indeterminación
que se va volviendo exasperante; con gran maestría El Flaco ha sabido
desperdigarlas a lo largo del disco para que, como detectives de otra
dimensión, vayamos hurgando en ellas.
Estos tres canciones/poesías son más que eso, son tres que se
transforman en casi una sola, tres
puntos de vista de un objeto aún no descubierto, y que ya no pueden separarse.
“Ella reía con su fina ropa
blanca/ despojándose al sol/ como un fantasma que deshollina/ todo mi cuerpo/
Una piedra en el sol”. Así comienza esta obra, abriendo fuego hacia un sinfín
de fotogramas bellísimos para luego dar paso a una concatenación de certezas,
dudas y preguntas: “Todo el cielo se fue/ y en busca de qué/ ¿Acaso las sombras
huyan?”. Y estas dudas, estas preguntas no conseguirán jamás respuestas sino
solo puntales hacia otras figuras que no nos aclaran nada, pero que nos llenan
los sentidos: “Algo lumínico en su cierre que se abre/ algo inerte y final.”
Esta frase tiene su complemento perfecto con
“Algo que tiene un gran doblez/ en la conciencia y espera.” Las dos se
refieren a ese algo, a eso que no se puede nombrar no por prohibición sino
porque no se sabe a ciencia cierta qué es, sino solo un eco que se repite,
atrapado en la posibilidad de la eterna ignorancia. Pero hay otro algo más en
un Sitio…: “Un sitio es un algo/ un algo sin novedad” Ese algo sigue siendo
parte de una desolación, de una orfandad que nos impide verbalizar lo que
sentimos, en el doble sentido de experiencia perceptiva y de sentimiento. Y
además vemos un ocultamiento en “el
doblez en la conciencia”, cosas que quedan del otro lado y no llegamos a ver, o
no queremos (“estando en pose de avestruz”), por presunto horror o quién sabe
qué. Y “el cierre que se abre” también apunta a este sentido: se nos deja ver
solo una parte, una porción, un recorte nada más de un universo totalmente
vedado a nuestra imperfecta humanidad que tal vez se va deshaciendo en este
acto sin solución.
También con recurrencia
aparecen nieblas, sombras, brisas; fenómenos lumínicos y meteorológicos que a todas letras son difusos
e inasibles. Tan inasibles como estas
riquísimas canciones y toda la atmósfera que crea Luis Alberto que llega al
oxímoron de “un sitio es una onda cuadrada”. Y todo el tiempo se respira algo
urgente, una inminencia: “Sólo me importa el resplandor,/es el momento de gato
(…)Sólo un sigilo intrascendente,/ una acción obvia.” Se percibe que algo
sucedió, está sucediendo o sucederá y no llegamos a atraparlo, una eterna
fugacidad escapándose para siempre. Puede ser visto como un deja vu, una
percepción incomprensible e incomprobable que nos hace dudar una y otra vez
haciendo aparecer nuevamente la incapacidad de verbalizar, la mudez de los
sentidos. Hay un estado confuso en la “conciencia siamesa”, que serían dos
maquinarias de percepción y pensamiento que actúan simultánea pero no
solidariamente, haciendo que ese dato clave, esta llave esclarecedora no llegue
a nunca a nuestras manos. Y esta imposibilidad llega casi hasta la
desesperación, explicitándose en un extraño ruego, clamando no por la
concreción de un deseo sino sólo por la visibilidad, aunque sea mínima o
parcial, de eso desconocido, ese algo que se posa ante nosotros como el tesoro
más preciado del mundo pero que no sabemos qué es: “¿qué cosa?/ ¿qué cosa?/¿qué
cosa pediré yo a mi santo?”.
http://www.jardindegente.com.ar/index.php?nota=letras_finaropablanca
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http://www.jardindegente.com.ar/index.php?nota=letras_unsitio
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